RESISTENCIAS

Como consecuencia de una tormenta, el río había aumentado considerablemente el nivel de sus aguas donde flotaba gran cantidad de restos arrancados al bosque entre los cuales se encontraba el tronco de un árbol. Un tronco soberbio, largo y recto, pero desgajado en sus dos extremos. En los primeros momentos de su andadura por el río, nuestro tronco se balanceaba placenteramente, mecido por el oleaje y la corriente del río, pero pronto el orgullo de su linaje como gran árbol que había sido, comenzó a hacer mella en él.

Admitió que todo su viaje hacia el mar podría ser placentero como de hecho estaba siéndolo, pero no podía consentir seguir siendo “arrastrado” por la corriente, como vulgar ramaje u hojarasca.

Su “categoría social” no se lo permitía.

Este pensamiento crecía rápidamente en él, hasta que decidió no seguir la corriente del río. Resistiría a la corriente, aunque realmente por momentos iba aumentando en volumen, potencia y velocidad.

No tardó mucho en visualizar un remanso cercano a la orilla y se orientó hacia ella de forma que enseguida pudo anclarse en un recodo. Encajó uno de sus astillados extremos, hundiéndolo en el blando margen de tierra mojada, y así se mantuvo durante un tiempo hasta que el agua, en un movimiento brusco le hizo dar un giro que no pudo evitar, volviéndolo a hacer entrar en el vertiginoso cauce del río.

Su maltrecho orgullo herido, se repuso rápidamente por efecto de la rabia que en él anidaba hacía un tiempo, contra un río que arrasaba con todo lo que encontraba a su paso. Él había sido un árbol fuerte y seguiría siéndolo. No se dejaría doblegar en contra de su voluntad.

A lo lejos vio la solución. Se estaba acercando a un puente entre cuyos dos pilares podría anclarse, si llegaba a tiempo para orientarse y colocarse adecuadamente. Si se encajaba bien, ninguna corriente, por fuerte que fuese, podría arrancarlo de allí.

Así lo hizo; aprovechando los propios movimientos de la corriente del río comenzó a orientarse de tal manera que, adelantando poco a poco su extremo trasero, consiguió avanzar atravesado hasta llegar al puente. Con dos golpes secos casi seguidos, quedó encajado entre los pilares del puente.

Pocos minutos después, el peso de la maleza que se le iba añadiendo era tal que su noble madera, lastimada en sus extremos, comenzaba a resentirse. Aún así resistiría. No podía ceder en contra de su voluntad.

Quien no cedía ni un ápice era la presión que ejercía la corriente del río. Era tanta la presión, que las fibras de la madera le dolían por dentro al doblegarse, adoptando una curvatura que su esbelta figura nunca había tenido antes; la distancia entre cada uno de sus extremos se acortaba segundo a segundo.

Llegó el momento fatal. Uno de sus extremos no podía mantenerse anclado al pilar del puente y rápidamente fue arrastrado hacia adelante.

Se acabó la resistencia. Nuestro tronco humillado tardó en conseguir aceptar su derrota. Pasó primero por la resignación, pero al fin consiguió comprender que su meta era el mar, y que llegar allí era muy fácil dejándose llevar sin oponer resistencias.

Comprendió que la ACEPTACIÓN voluntaria era la mejor manera de llegar a la meta sin sufrir.
¿De qué vale resistirse si después, tarde o temprano, debemos llegar a una meta que para todos es la misma?

Si lo que nos toca vivir son unas experiencias u otras, ¿qué beneficio obtenemos cuando oponemos resistencias a lo que nos ofrece la vida?

Nuestro ego, con su orgullo, sus miedos, sus dudas, etc., plantea una lucha, una resistencia; y a esta situación de rechazo se le une, por afinidad, todo tipo de negatividades que impiden nuestro avance.

A pesar de ello, nuestra meta es la felicidad de volver a casa. Y volveremos por mucho que nos opongamos.

Con las resistencias, lo único que conseguimos es prolongar nuestro sufrimiento y nuestro desgaste.

El Padre Creador nos otorgó el regalo del Libre Albedrío, pero a veces no sería necesario. Sólo sería cuestión de decir “Sí”.

Aceptando lo que nos toca vivir, con Amor, avanzaremos con fluidez y sin sufrimientos en el camino de retorno en que nos encontramos.

LA CONFIANZA

Quienes hemos vivido en un mundo relativamente confortable hemos tenido también una vida relativamente previsible: Inmersos en el mundo laboral sabíamos que, a cambio de realizar nuestro trabajo de la mejor manera posible y cumplir los objetivos, el papá empresario, el papá estado o similar, nos iba a dar a cambio una estabilidad económica y social.

No necesitábamos preocuparnos por nuestra subsistencia. Desde una visión superficial, puede parecer que todo son ventajas en una situación semejante a la descrita; sin embargo no es así. Hemos perdido la capacidad de ejercitar la confianza.


Con la comodidad de saber que teníamos asegurada nuestra supervivencia y la de nuestros hijos; con la comodidad que supone llegar a casa y encontrar todo aquello que deseamos; con la posibilidad de viajar, salir, entrar y hacer todo aquello que pudiéramos querer, el ejercicio gimnástico de confiar se ha ido aparcando en algún rincón oscuro y ya no confiamos en que el Padre siempre está a punto para ayudarnos en aquello que le pidamos.

¡Claro! Como creemos que no necesitamos, tampoco pedimos.

No hemos ejercitado la confianza ni la humildad y ahora, que las cosas han cambiado y que, según nos cuentan, la crisis ha llegado, estamos como pajarillos indefensos, asustados por la situación que podría afectar incluso a nuestra supervivencia.Y es, en este preciso instante, cuando, las palabras del Maestro Jesús de Nazaret, cobran protagonismo.

“¿No se venden dos pajarillos por un as? Pues bien, ni uno de ellos caerá en tierra sin el consentimiento del Padre. En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis, pues; valéis más que muchos pajarillos.” (Mt 10, 29-31)

Ya que muchos de nosotros hemos perdido la capacidad de confiar abiertamente en el Padre y de echarnos a volar sin miedo a rompernos la crisma, el Maestro nos anima recordándonos la importancia que cada uno de nosotros tiene para nuestro Padre Creador. Nada ocurre por casualidad. Todo tiene su razón de existir. Todos somos instrumentos para que se cumpla la Voluntad del Padre, que, por otra parte, se cumple indefectiblemente siempre.

Cuando algo nos “toca”, la única opción posible, si queremos seguir evolucionando, es decir desde el punto más amoroso de nuestro corazón, un “hágase tu voluntad”, como el Maestro mismo nos enseñó. Ni siquiera habría de ser necesario utilizar el don del libre albedrío.

Si al echarnos a volar, con la confianza puesta en el Padre, nos rompemos la crisma, es que esa “especie de desgracia” entraba dentro de nuestro proyecto de aprendizaje y hemos dejado que la duda o el miedo se introdujeran en nosotros, por lo cual nos queda como un aprendizaje pendiente… si, por el contrario, salimos ilesos, es que hemos superado nuestro aprendizaje en ese punto concreto.

Así son las cosas. La Voluntad del Padre siempre se cumple, queramos o no; pero Él no quiere que nosotros suframos por nada.

El sufrimiento lo creamos nosotros mismos a través de nuestras RESISTENCIAS.

DARSE CUENTA

“DARSE CUENTA”: La capacidad de Transformación Interna

“Gira el mundo gira en su espacio infinito,
con amores que comienzan,
con amores que terminan,
de otras gentes como yo…”

Como dice la canción, el mundo gira y gira sin parar, y a todos nos llegan señales que apenas registramos. Desde los cambios más sutiles, casi imperceptibles, hasta las crisis más profundas, y de las cuales salimos con una visión diferente de nosotros mismos, todo en nuestra vida transcurre en ciclos de orden y caos. El Universo entero, tanto por dentro como por fuera, tanto lo pequeño como lo grande, tanto arriba como abajo, vibra y baila en la construcción de un orden para luego dar paso al caos creativo y éste a un nuevo orden. Esto permite la destrucción de lo antiguo para dar paso a lo nuevo, un nuevo orden con mayor grado de evolución…

Ante los ojos del ser humano pasan, como si estuviera dormido, muchas de sus propias transformaciones sin apenas “darse cuenta”, de tal manera que, funcionando como un robot programado previamente, se rige por las tendencias de su entorno cultural. De esta forma actuamos reactivamente como si no pudiéramos cambiar la programación original. ¡…yo soy así!… ¡…así me enseñaron!… ¡¡…así es la vida, qué le vamos a hacer!…

A través del prisma de la resignación, la vida puede ser vivida en actitud aletargada e inconsciente, y así nos sentimos a merced del destino. Bajo esta perspectiva, no podemos creer en nuestro pensamiento creador y cedemos nuestro poder fuera de nosotros: ¡Si mi padre cambiara, mi relación con él sería mejor!… ¡Mi esposo no es capaz de hacerme feliz!… ¡Si mi marido hiciera las cosas de otra manera, nos llevaríamos muy bien!… ¡Los bancos tienen la culpa de que yo esté pasando esta situación tan apurada!… ¡i…

En multitud de casos, todo a nuestro alrededor (educación, entorno sociopolítico, religión, economía, etc.) refuerzan esa situación de inconsciencia, enseñándonos desde la infancia a seguir patrones de conducta (con los mismos contenidos de creencias y normas), que se repiten una y otra vez, sin darnos la oportunidad de elegir, de opinar o de reflexionar sobre lo que significa el hecho de tener integrados estos patrones en nuestra personalidad inconsciente…

De esta manera vamos repitiendo nuestro bagaje cultural de generación en generación “sin darnos cuenta”. El conjunto de nuestras creencias y patrones de conducta se incorporan en nosotros y se manifiestan como una energía que ha quedado impresa en la “memoria celular” genética que transmitimos a nuestros descendientes.

Naturalmente, la cosa no queda sólo ahí, sino que posteriormente, la impronta original es modelada y remodelada por nuestra convivencia con padres, familiares, amigos y vecinos, y por todas las relaciones que tenemos a lo largo de nuestra vida. Y así, ese conjunto de experiencias conforma nuestra personalidad; nuestro “yo”; nuestro “yo inferior” o “ego”, sensible, influenciable y moldeable por toda acción externa.

Podemos alegrarnos de que ya no se escucha aquello que con frecuencia decían padres y maestros hace sólo unas décadas: “la letra con sangre entra”. Sin embargo seguimos creyendo que sólo podemos madurar a base de los golpes que nos da la vida. Es decir, a base de sufrimiento. Y eso no debe ser así por más tiempo. Hemos estado dormidos mucho tiempo y ya es hora de despertar al proceso de “darnos cuenta”, o lo que es lo mismo, “ser conscientes” de todo lo que nos pasa, ya que de lo contrario todo cambio y transformación en nuestras vidas ocurren por la vía del sufrimiento innecesario.

Debemos despertar la capacidad creadora de nuestro pensamiento consciente, que ha estado “anestesiado” durante mucho tiempo, mientras respondíamos al cumplimiento de las obligaciones que nos imponía nuestro entorno. Como consecuencia de lo anterior, hemos perdido el sentido y el propósito de nuestra vida, ya que ni siquiera teníamos tiempo de conectar con nuestra “esencia” más profunda, con nuestra “chispa divina” alojada en nuestro interior.

Sin esta conexión con nuestra “chispa”, no hay posibilidad de prender el fuego y la pasión por la vida, que cursa con una pérdida de sentido y consecuentemente con un considerable aumento de depresión y disminución de autoestima.

Al mismo tiempo, nuestra negatividad atrae como un imán experiencias negativas que confirman nuestras creencias más profundas acerca de que “la vida es un valle de lágrimas” o “lo difícil que es vivir con todo el mundo en contra…”. De esta forma, inconscientemente creamos un drama con múltiples escenas, en las que el miedo dentro de cada uno de nosotros es el protagonista.

¡Basta! ¡Ha llegado el momento de salir de esta situación! ¡Es hora de encontrar y poner en práctica situaciones o circunstancias favorables al Amor y la Sabiduría, eliminando los programas de miedo y sufrimiento! ¡Es hora de vivir la vida plenamente en vez de sufrirla o soportarla!

Es hora de que cada uno de nosotros se plantee y responda a preguntas esenciales:
 ¿Soy realmente lo que quiero ser?
 ¿Hago consciente y responsablemente lo que quiero hacer?
 ¿Doy y recibo lo que quiero dar y recibir?
 ¿Estoy en paz conmigo mismo y con mi entorno?
 ¿Estoy en paz con mis padres y con mis antepasados?

Este es un momento para el Amor y la Comprensión hacia nosotros mismos y hacia los demás. Asumiendo nuestra responsabilidad en todo lo que nos ocurre, podemos comenzar a recorrer el maravilloso Camino de la Vida Consciente, en la que todo adquiere un color atractivo y fascinante que nos ayudará en nuestro crecimiento espiritual.

“Darse cuenta” como el primer paso en nuestro proceso de transformación, requiere de una buena dosis de amor y de humor, de voluntad y respeto, de apertura y tolerancia, de humildad, honestidad y sinceridad, y una profunda actitud de aceptación hacia nuestra propia persona, al tiempo que un ejercicio de comprensión y perdón, ya que en cada momento, cada uno hace lo que puede con lo que sabe y con lo que tiene.